La Poesía
Soy poderosa
Soy más vieja que el aire
Necesito acordarme
De lo que sé, de lo que aprendí, de todo lo que descubrí e inventé.
Estoy en silencio y no paro de hablar conmigo
Pensé que iba a escribir otra cosa, y sigue siendo la poesía
Su belleza, su lujuria, su humo que me envuelve y desvela en madrugada y no importa si mañana trabajo, en este instante se me va y se me salva la vida
Se me dió la palabra, la ternura y ahora, la certeza
5 meses me tomo adiestrarla
Soy el sexo dominante y ella está donde yo quiero
La hice mía y obedeció
La certeza es mi puta y mi mujer
La que elijo y la que escondo
La psicotica y la madre
El fin y el principio de todo
Mas vieja que el aire, más mía que mi carne, esta verdad, este semblante, esta certeza, YO

Ofelia – John Everett Millais
«Casa de verano»
I
¿Era el viento de los vertederos
o algo en el calor
que nos seguía los pasos, con el verano agriándose,
y un nido pestilente incubando en algún lugar?
¿De quién era la culpa?, me preguntaba, inquisidor
del aire poseído.
Para de pronto descubrir,
al levantar la estera
que había larvas, moviéndose-
e hirviendo, hirviendo, hirviendo.
II
Mientras arreglo la puerta, con mis brazos
repletos de cereza silvestre y rododendro,
a través de la entrada escucho su perdido
gimotear, que, carraspeando, tintinea
mi nombre, una y otra vez.
Oh amor, he aquí la culpa.
Las flores sueltas entre nosotros
se reúnen, componen
una especie de altar del mes de mayo.
Estos capullos francos y caídos
se tiñen pronto del color de un dulce bálsamo.
Asiste. Unge la herida.
III
Oh atendimos nuestras heridas con corrección
bajo la dulzura hogareña
y yacemos como si la superficie fría de una hoja
nos hubiese dejado sin aliento.
Postulo más y más
curas gruesas, como ahora
cuando te doblas en la ducha
el agua vive cayendo por la pila bautismal de tus pechos.
IV
Con un definitivo
impulso nada musical
largos granos empiezan
a abrirse y se separan
hacia adelante
y de nuevo agotamos
el blanco, pateado
camino al corazón.
V
Mis hijos lloran la calurosa noche extranjera.
Caminamos por el suelo, mi boca podrida se desahoga
contigo y yacemos rígidos hasta que el alba
acude a la almohada, y al maíz, y la viña
que sostiene su plena carga hacia la luz.
Las rocas de ayer cantaban cuando las golpeábamos
estalactitas en las viejas cuevas, goteando oscuridad –
nuestras llamadas de amor pequeñas como un diapasón.
Seamus Heaney
De: «Invernando», 1972
Traducción de Vicente Forés y Jenaro Talens







